Amílcar Mercader, Jurista

 

¿Por qué parece hoy triste la ciudad de Rocha, y hay como un rumor de ausencia en sus viejas avenidas? ¿Por qué sentimos como si al moverse, las nubes amontonaran pesadumbres? Por qué nos congregamos los amigos junto a la contundencia de esta piedra agitando recuerdos en el telar de la memoria?

Desde hace justo un año -tanto y apenas como un año- yace aquí el vigoroso luchador del duro tiempo, el caballero de la mano abierta y la palabra fácil y encendida, el abogado de la verdad, de quien hubiera podido repetirse la fórmula famosa: vir bonus dicendi peritus. Aunque él era más que un hombre noble de oratoria impecable. Amílcar Mercader era el estilo. Figura peculiar de esta mitad del siglo, dejó su impronta en ella. Amó, enseñó, practicó y defendió el Derecho; por eso fue jurista. El comprendía bien que la felicidad de los pueblos se liga estrechamente a la idea de justicia. La enseñanza no era nueva. Ya Ulpiano, en el Libro Primero del Digesto, decía que el jurista es sacerdote de la justicia y artífice de la felicidad del hombre, y revelaba, en la congruencia de su pensamiento clásico, que el estudio y la práctica del Derecho llevan ínsita la difícil misión de procurarla. Mercader lo sentía de ese modo, quizá con un romanticismo más intenso que le permitió afirmar que “en la tradición de los abogados alienta el espíritu de la caballería andante”. El anduvo así por el mundo, hidalgo caballero de la larga figura, distribuyendo fe y amor, infatigable, tenaz en su insurgencia contra la indiferencia y la mediocridad. No eran por eso vanas aquellas palabras suyas escritas en 1959, que al leerlas parece que se oyera su discurso prolijo e incisivo: “…Al repartirse el ámbito de cada oficio al abogado se le ubica en un sector donde yacen infinitos bienes que sólo esperan la conjurante inmanencia de su nobleza y de su fervor para incorporarse al patrimonio del que los hombres han de disponer en busca de una vida de paz y de decoro. Todo depende de que el abogado no se desquicie ni abjure del rango de su señorío”, es decir, “no desertar a ningún precio de las consignas que impone la condición humana”. He aquí la demostración de su humanismo militante, que pone al hombre como causa y razón de toda doctrina.

El creía en la ley y en la estabilidad de las instituciones como razón eficiente del progreso; en la libertad, como emanación de una norma superior e incontrastable; en su país, como una realidad que debe cuidarse con amor. Fue rebelde cuando otros fueron cómodos, y rígido, cuando otros se amoldaron. Era la imagen de la conciencia jurídica argentina, de la permanente, de la pura, de la eterna conciencia plasmada en la Constitución, capaz de apuntar con su dedo flaco y riguroso a la desviación o a la in conducta. Con él se fue, casi junto con Bielsa, uno de esos censores de la República cuyo escudo era su propia vida y su lanza -apenas- la ley. Está todavía demorado el homenaje grande que merecen los dos.

Ah!, si pudiera hablarnos… Cuánto bien nos harían sus palabras en estos ásperos tiempos de contradicción y escepticismo!. Cuánto podrían ayudar para afianzar la fe en el Derecho y renovar la lucha por los viejos e inmutables principios! Tiempos duros, en que la imagen del jurista debe elevarse como una catedral de luz para no olvidar que el vigor de la ley debe radicar en la seguridad que promete y en lo estable de sus normas, consagradas por la voluntad de sus destinatarios, más que en la fuerza del poder que la impone, y que el Estado de derecho debe edificarse sobre la firmeza de las instituciones y el respeto a la tradición jurídica.

Así pensaba Mercader y nunca desfalleció en la brega. Su ejemplo persiste todavía y no se apagará su luz. Quedó plasmado en los libros, inculcado en sus discursos, enseñado en sus clases, afirmado en sus sentencias, reiterado en sus escritos judiciales, y en todos los campos de su tenaz combate. Justiniano gustaba comparar al abogado con los guerreros de las grandes epopeyas. Mercader fue uno de aquellos que parecían empuñar la espada misma de la diosa tutelar.

Un día -consentidme este recuerdo- en la vieja Casa de Trejo mis alumnos me decían su desazón. Estudiaban Derecho pero sentían en peligro su fe en la ley. ¿Cuáles son los maestros, los arquetipos, cuyo ejemplo renueve la verdad? , me preguntaban. Se los nombré, y les dije entre ellos el nombre de Amílcar Mercader, y les mostré cómo en ellos residía la verdad, y el triunfo cierto y perdurable. Cuando en esos alumnos renació la fe, sentí que más allá de las explicaciones apasionantes sobre la teoría de la acción o la estructura de la demanda, ésa había sido mi mejor lección; y sin embargo, no la había dado yo mismo. Era el ejemplo de los hombres que, como Mercader, la dieron durante toda la vida con su conducta puesta al servicio del Derecho.

El Centro de Estudios Procesales de Buenos Aires que me ha confiado el honor de representarlo lo contó entre sus miembros fundadores, y fue su Presidente; La Provincia recibió sus juveniles esfuerzos de Ministro y sus maduras reflexiones de magistrado; el Estado Nacional tuvo la influencia del buen consejo de su Procurador del Tesoro, y la Corte Suprema -de historia a veces agitada pero de jurisprudencia perdurable- inscribió en sus repertorios los votos sabios de este gran jurista.

No es poco, maestro, una vida entera al servicio del país. Inquietan tu eterna paz las obras que aún tenías por hacer, pese a los rudos golpes. Mas ya lo habías dado todo. Es menester resignarse ante la finitud de las propias fuerzas. Las tuyas fueron inmensas y tu siembra fue vasta y fecunda. Todavía persiste en la trascendencia ejemplar de tu recuerdo. Por eso vienen hoy, quienes te supieron justo, a renovar el homenaje y a decir otra vez, frente a tu tumba, su reconocimiento por la verdad que supiste enseñar.