Cuaderno de viaje de un criminólogo noruego

 

“Una sensata cantidad de delito” se llama el último libro del criminólogo noruego Nils Christie, que en Argentina publica Editores del Puerto con la traducción de Cecilia Ezpeleta y Juan Iosa. Es una nueva oportunidad para encontrarse con el pensamiento de este abolicionista, que es parte de la tríada nórdica que completa con Hulsman y Mathiensen.

Nils Christie parte de un miedo generalizado en toda la Europa Atlántica u Occidental, que es que los sistemas penales de esos países que se han logrado mantener relativamente en niveles medios, por influencia de la cultura penal hegemónica de EEUU protagonicen escaladas de crecimiento desmesuradas. No es un miedo nimio, es una sensopercepción de un peligro inmediato que pone en jaque a las socialdemocracias escandinavas y al garantismo penal continental.

¿Cuándo es sensata una determinada cantidad de delito? ¿Cuándo podemos decir que es suficiente la cifra de conflictos sociales que ponemos en mano de la justicia penal? El abolicionismo, ya lo he explicado con mayor detenimiento en otras ocasiones[1], no implica necesariamente una relación directa con el anarquismo, sino que busca respuestas alternativas a la respuesta estereotipada del Estado que es la pena. El primer debate es de tipo axiomático y semántico: qué definimos como delito. Cuántos conflictos intersubjetivos de una sociedad dada podrían solucionarse en los tribunales civiles, netamente compensatorios, o cuántos podrían ser objeto de una mediación comunitaria. Quizá estas respuestas sean más beneficiosas para la víctima, a quien se le expropió su conflicto, y para toda la sociedad.

Ya desde ‘La industria del control del delito’ y ‘Los conflictos como pertenencia’ se perfila el pensamiento de Nils de poner atención sobre el concepto de delito: “Delito puede ser tantas cosas, y al mismo tiempo, ninguna. El concepto de delito es de libre uso. El desafío es entender su utilización dentro de varios sistemas, y a través de este entendimiento ser capaces de evaluar su uso y sus usuarios.”

El nuevo libro de Nils es un viaje sumamente placentero por anécdotas y experiencias del propio Christie, que ayudan a entender el problema de fondo: las ciencias sociales están protagonizando cambios radicales por las nuevas formas de organizaciones comunitarias. Es deber de los criminólogos dar la voz de alerta frente a situaciones sumamente peligrosas para los fenecientes ‘Estados de Bienestar’ que supo implantar la socialdemocracia en los países nórdicos. Para ello, lo ilustra con toda claridad el autor, cuando dice que los criminólogos son el ‘Greenpeace’ de las Ciencias Sociales.

El anonimato de las nuevas formas de interrelacionarse en una comunidad, la vida sedentaria de los pueblos, la falta de pertenencia a entidades de socialización, y la despersonalización que logran los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, son las causas del aumento de la criminalidad contemporánea. Vemos como delitos hechos que antes eran otra cosa. Llamamos a la policía por cualquier incidente que antes se solucionaba con otras formas de control menos nocivas y más eficientes. Dejo hablar a Christie: “Si estoy relacionado con mi vecinos y tengo algún tipo de red de contención, tengo una forma fácil de solucionar el problema si algunos jóvenes se comportan mal en la entrada de mi casa. Puedo llamar a alguien que quizá conozca a alguno de ellos… Pero sin una red y con toda la información sobre el aumento del delito en la mente, hubiera cerrado la puerta y llamado a la policía. Hubiera por lo tanto creado las condiciones tanto para fomentar comportamientos indeseados, como para darles a estos comportamientos el significado de delitos.”

Durante la amena lectura de la obra puede parecernos un libro de consejos para sociedades como Noruega, con altos niveles de vida, con bajos índices de criminalidad clásica, con instituciones consolidadas en regímenes de derecho, y poco cercanos a sociedades balcanizadas como las latinoamericanas, donde la pobreza estructural es la principal causa delictiva. En esto, como en todo, debemos cuidarnos de las simplificaciones, de eludir sabios consejos con el pretexto que no somos sus destinatarios.

La pérdida de valores de convivencia social es común a todo Occidente. A todos, con distinta intensidad, nos afectan estos problemas sociológicos sobre nuestros aparatos punitivos. En las ciudades del interior esto es más palpable aún.

‘Una sensata cantidad de delito’ es definitivamente una invitación a pensar serios problemas que aquejan a las ciencias sociales.