Julio César Strassera

 

Crisispenal1El juicio a las Juntas militares fue un hecho único en América Latina. El fiscal que estuvo a cargo de llevarlo adelante fue Julio César Strassera, quien –con la colaboración de Luis Moreno Ocampo– presentó los testimonios que determinaron que una buena parte de los responsables de la represión ilegal fueran condenados a cadena perpetua. Después del juicio, Strassera se retiró del Poder Judicial. “Qué más quedaba después de una experiencia única como esa”, dice el ex fiscal, que desde entonces se dedica a su actividad de abogado y forma parte de la presidencia de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Es un tipo sencillo, sin ninguna vuelta para acceder a la entrevista. “¿Doctor Strassera?”. “Sí”. “Hablo de la Facultad de Exactas. Quisiéramos entrevistarlo para nuestra revista”. “Cómo no, pueden pasar mañana después de las tres”. Listo.

Su estudio es despojado y arriba del escritorio tiene dos atados abiertos de cigarrillos. Fuma constantemente y, entre pitada y pitada, habla lento y claro. Después hace un silencio, como para pensar, pero no sigue hablando, entonces se hacen necesarias las preguntas.

–¿Cuál fue el camino hasta llegar a la fiscalía de la Cámara?

–A ver… el Juicio a las Juntas fue en el año 85: yo tenía 52. Hacía veinte años que trabajaba en el Poder Judicial. Empecé tardíamente porque recién me recibí de abogado a los 30. Es que abandoné el secundario en tercer año estando pupilo en el Colegio San José. Mucho después di libre cuarto y quinto para entrar a la Facultad de Derecho. Una vez recibido, ingresé al poder judicial como empleado de última categoría y comencé a hacer carrera. Fui prosecretario electoral, secretario de primera instancia, fiscal de primera instancia, juez de sentencia y luego fiscal de Cámara a partir del 83. A partir de ahí es historia conocida.

–¿Cómo vivió el período desde el golpe del 76 hasta la vuelta a la democracia?

–Yo estaba en la justicia Federal. Había sido secretario de un juzgado –con todas las implicancias políticas que ello tiene– y luego me nombraron fiscal. Parece que yo no les gustaba mucho a los funcionarios, pero tenía cierto prestigio y no se animaban a echarme, entonces hicieron lo que se hace muchas veces con la gente molesta: me ascendieron a juez de sentencia en el fuero ordinario; o sea, me mandaron a condenar ladrones de gallinas. Allí estuve hasta el 83, cuando me ofrecieron el cargo de fiscal de Cámara con el advenimiento de la democracia.

–¿Por qué le ofrecieron el cargo?

–Yo nunca pedí nada en toda mi carrera. Quien me lo ofreció fue el ministro de Educación y Justicia, Carlos Alconada Aramburú. Ni siquiera lo conocía a Alfonsín, así que nunca supe por qué me ofrecieron el cargo.
–¿Ahí supo que le tocaría participar del Juicio a las Juntas?

–Jamás pensé que me vería al frente del proceso a las Juntas Militares. Todo comenzó con la reforma del código de justicia militar. Nosotros teníamos un código de justicia militar que era prácticamente una copia de las ordenanzas de Carlos III: por el sólo hecho de ser militar había que ser juzgado por la justicia militar.

–¿Qué cambios determinó la reforma?

–Estableció que la justicia militar sólo se haría cargo de los delitos esencialmente militares: abandono de guardia, insubordinación, etc., y todos los demás delitos quedarían sometidos a la justicia civil. Además, se estableció, respecto de las sentencias de los tribunales militares, una apelación ante la Cámara Federal.

–¿Y qué pasó en el caso del proceso a las Juntas?

–Se hizo una excepción, que creo que no fue correcta. La excepción consistió en que el proceso se radicara originariamente ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas con un plazo para dictar su pronunciamiento. Si el consejo no dictaba su sentencia, la Cámara podía abocarse al conocimiento de la causa, que fue lo que pasó. Yo, como fiscal de la Cámara, en principio sólo tenía la instancia de apelación y no el trámite total del juicio, pero terminé siendo el encargado del proceso.